La verdad es que yo no recuerdo haber nacido.
Lo que sí puedo afirmar categóricamente es que
no es cierto lo que El Bicho afirma en sus memorias al decir
que “El Marcelo nació en un día donde ni
siquiera se vio el sol” porque digo, aparte de las connotaciones
mundanas que eso trae, yo si quiero dejar bien claro que el
día de mi nacimiento el sol no tan solo brillaba a su
máxima expresión –provocando de esta forma
los contrastes que tanto habrían de representarse en
mis pinturas en el futuro- sino que además fue un día
bello como pocos que se recuerdan en mi pueblo natal de Villa
Bosch. El cual, dicho sea de paso, era un pueblo muy lindo y
pintoresco y no un pueblo rabón como también lo
afirmó El Bicho. Esta historia que me he decidido a contar
servirá para poner en perspectiva algunos de los recuerdos
de mi infancia, los cuales para algunos parecen tan distantes
-sobretodo porque ahora vivo a mas de 3,000 millas de distancia
(ja, que gringo me vi con esa métrica, sí mi papa
me viera escribiendo eso me diría algo como: “No
seas así, boludo, que la distancia se dice siempre en
kilómetros y no en millas)…que vivo a mas de 4,800
kilómetros de distancia, pues.
Pero, como decía Jack el Destripador, vamos por partes.
Como ya lo expuse anteriormente, no recuerdo haber nacido. Pero
estoy seguro que fue en Villa Bosch, Buenos Aires, Argentina
allá por los años 60’s. Si ya lo sabe usted,
un poco de vanidad masculina me impide revelar mi edad completamente.
Aunque ahora que lo pienso detenidamente, pues, si solo digo
que nací en los sesentas, pues eso me pondría
en la edad de 38 a 47 años. Y no, óigame no Che,
que cosas son esas. Mejor si digo en que año nací,
que fue en el 65. Para ir dejando las cosas bien claras desde
este momento y no prestarnos a malos entendidos.
Ahora
bien, el año en sí no importa, sino la serie de
acontecimientos que pasaron durante los siguientes diez y que
en definitiva marcaron el rumbo de mi existencia. Mi infancia
fue completamente feliz y llena de aventuras. Para este proyecto
he decidido escoger una que revela no solo un mucho de mí
sino además del lugar donde vivía. Como todo buen
argentino, el fútbol no solo forma parte de mis memorias,
sino de mi vida entera. Aquí no entraré en discusiones
innecesarias con El Bicho que se atrevió a decir que
Kempes era mejor que Maradona. ¡Hágame usted el
favor, cosa más inútil mi negro! Válgame
Dios (y no me refiero al Dios Maradona sino al mero mero Diosito
de las alturas) que aquel que se atreva a decir eso es que no
sabe de fútbol mas que una papa. Pero, para entrar en
esa discusión necesitaría todo un libro completo.
Baste decir que crecí como todo buen pibe Argentino con
la esperanza y el mandato de que el fútbol lo fuera todo.
Y de hecho lo fue, durante varios años de mi niñez
y juventud temprana. La historia que me dispongo a contar no
solo refleja la pasión que como joven vivía por
el deporte de las patadas, sino que además muestra esa
determinación y contraste que tanto se vería reflejado
en mis pinturas en el futuro. La historia, por consideraciones
puramente literarias, he decidido nombrarla: Revancha Gaucha,
nombrecito que nomás de haberlo oído en vida,
el fallecido maestro Jorge Luis Borges de seguro lo hubiera
querido para alguna de sus obras. Tremendo nombre, que dicho
sea de paso se me ocurrió un día que andando ya
medio ebrio en un bar me encontré con un tipo el cual
no solo me quiso bajar a mi conquista de la noche sino que además
se atrevió a darle un trago a mí cerveza. Por
eso le caí encima al grito de “revancha gaucha”
el pobre se quedo todo sorprendido, no solo porque no supo ni
de donde le cayó el golpe, sino además porque
el pobre creo que no hablaba ni pizca de español. Pero,
pues retomemos el rumbo, he aquí la historia de los Gauchos
Revanchosos:
Revancha
Gaucha.
En
Argentina aquel al que no le guste el fútbol no es Pibe.
Y el que no es Pibe no es niño. Pareciera que nacemos
con la albiceleste ya puesta y listos para de inmediato anotar
un par de goles. Mi infancia, quizás como las de muchísimo
argentinos, estuvo marcada por el deseo de jugar fútbol
a todas horas. Esta historia narra el episodio en el cual durante
un verano nos decidimos a construir -para luego destruir, un
campo de fútbol. Para estos planes, El Bicho y yo, que
siempre andábamos juntos y éramos los que tomábamos
las decisiones, escogimos un campo que quedaba como a 300 metros
de la casa y junto a la vía del tren. Era de las dimensiones
perfectas para un campo de fútbol, pero representaba
la tarea titánica de tener que limpiarlo y deshacernos
de dos que tres árboles que se encontraban dentro de
lo que llegaría a ser el área chica. Así
pues, con mucha ilusión y bastantes tardes libres –digo
en verdad, cuando se es niño ¿qué puede
tenerse mas que tiempo libre?- en ese verano nos dedicamos a
la tarea de acondicionar el terreno. Además del Bicho,
también nos ayudaban su hermano Alejandro y su hermana
Nenina, que éramos algo así como que los cuatro
fantásticos porque andábamos juntos para todos
lados. Además, en forma bastante convenenciera lo debo
de admitir, convencimos a los vecinos Goicoechea de ayudarnos.
Tres hermanitos que Vivian en la casa de al lado y quienes pasaba
de ser amigos a enemigos según el juego o la aventura
que estuviéramos viviendo.
Así
pues, un día caluroso de veranos iniciamos las labores
de limpieza. Esta etapa pasó sin pena ni gloria, nada
memorable que recordar mas que la vez en la cual Nenina se agarro
a bofetadas con uno de los hermanitos Goicoechea porque éste
insinuó que Nenina no podía cargar una piedra
que tenía que ser removida del terreno. Acto seguido,
ella procedió no solo a cargar la piedra sino además
a intentar tirársela en la cabezota al ya mencionado
hermanito Goicoechea. Esto provoco una pequeña trifulca
que casi termina con la alianza que habíamos formado.
Sin embargo, el deseo que todos teníamos de terminar
el campo nos mantuvo unidos hasta el final. Las labores de limpieza
se llevaron mas de un mes: remover escombro, cortar árboles
pequeños, alisar el terreno, tapar hormigueros. Para
finales del segundo mes ya el terreno tomaba forma de campo
futbolero y comenzamos a pintar las líneas blancas del
área chica y área grande y otras áreas
más. Aquí fue cuando paso el segundo incidente
con el hermanito Goicoechea. Es bien sabido que estas rayas
se pintan con cal, y que pues uno necesita de usar algún
tipo de tapabocas para no respirar la polvadera que sale mientras
anda uno de un lado para otro pintando el área chica
y el tiro de esquina. Pues resulta que el susodicho en cuestión
le puso tanto empeño a la marca del tiro penal que terminó
levantando una polvadera que parecía que alguien estaba
cocinando un bife argentino estilo las pampas ¡pero con
humo blanco en lugar de negro! El Pibito Goicoechea terminó
agarrando un ataque de tos tremendo del cual no se podía
recuperar por mas golpes que le dábamos en la espalda.
El Bicho pensó que echándole una cubeta de agua
encima se le quitaría, pero esto no hizo mas que complicar
las cosas ya que formó una mezcla de construcción
en la pobre cara del Goicoecheita que éste casi se ahoga
pero en serio. Nenina terminó de empeorar las cosas al
decir: “Pero si serás boludo, Che, ¡eso solo
puede pasarle a un Goicoechea!” Esto, huelga decirlo,
no le cayó nada bien a los otros dos hermanitos que estaban
ahí, quienes estuvieron a punto, una vez mas, de romper
la alianza y soltar golpes. Pero al final el episodio no pasó
a mayores. En el fondo todo siempre se controlaba porque a pesar
de aparentar como que la odiaban, los tres hermanitos Goicoechea
estaban secretamente enamorados de ella.
Nenina
siempre me resultó un misterio, en ocasiones andaba de
arriba para abajo como si fuera uno mas de los muchachos y después
se pasaba tres días con vestido y jugando a las muñequitas.
Tenia esos ojazos negros tan suyos y los rizos en el pelo que
apenas se le alcanzaban a meter todos en la cachucha cuando
jugábamos fútbol en la calle. A veces no hablaba
mucho y en otras ocasiones te contaba tantas cosas que te daban
ganas de ahorcarla. Creo que nunca me sorprendió tanto
como la vez que me tomo de la mano y me llevo a la parte trasera
de su casa y me soltó a bocajarro: “Marcelo, ¡Enséñame
a besar!” La sorpresa no fue por la tan inusual petición,
sino porque a mi edad seguramente que yo sabia menos que ella
de esas cuestiones. Vamos, de besos yo solo sabia que las princesas
se los daban a los sapos para convertirlos en príncipes.
Pero si ella parecía princesita, yo en definitiva no
era sapo. Lo primero que pensé fue en correr, no sé
si para alejarme de ella o para preguntarle a alguien que como
se daba un beso. Cuando me atreví a mirarla a los ojos
me di cuenta que ella ya los había cerrado. Estaba paradita
enfrente de mí, con la boquita parada y los rizos cayéndole
por los hombros. Y si no sabia lo que era un beso, en ese momento
me di cuenta de lo que era belleza. Me quede paralizado. Ella
que esperaba beso no hacia que parar mas las trompitas y hacerse
un poco hacia el frente como buscando mis labios. Los cuales
yo me estaba mordiendo pero en desesperación. Porque,
caray, si en aquellos tiempos hubiera sabido un poquitito de
lo que sé hoy, le hubiera dado un beso pero como los
de las telenovelas, de esos que hasta se oye como musiquita
de fondo y siempre terminan en una toma que se aleja poco a
poco del beso y termina fijándose en una lámpara
que se menea rítmicamente. Cuando por fin reaccione me
decidí ir por todo y acercarme para darle el beso, pero
había apenas decidido esto cuando escuché una
voz que decía: “¡Se quieren, son novios,
se van a casar!, ¡Se quieren, son novios, se van a casar!.”
Era el condenado hermanito Goicoechea que llegaba de no sé
dónde a arruinarlo todo. Nenina, en otra de sus transformaciones,
paso en medio segundo de ser princesita a guerrera gaucha y
lo persiguió para agarrarlo a coscorrones hasta que el
pobrecito pidió clemencia. Después de eso ella
pareció olvidarse de todo lo relacionado con los besos.
Bueno, no por siempre, pero de eso no puedo contar nada porque
los caballeros no tenemos memoria.
Pero
volviendo a la historia inicial, la cancha ya estaba casi lista
para la función de estreno, sin embargo, El Bicho y yo
habíamos decidido que nuestra cancha iba atener redes
para las porterías. Por aquello de que un gol que no
suena en las redes no es un gol de a de veras. Como todos veníamos
de familias en las cuales los fondos monetarios siempre eran
escasos, no nos quedó de otra mas que dedicarnos a ser
buscavidas para recaudar los fondos. Los buscavidas buscan la
forma de, como sea, conseguir el dinero o los medios para conseguir
lo que desean. Así, nos dedicamos a pedir cosas viejas
de casa en casa para intercambiarlas en la tienda de Don Chanito,
también solíamos sentarnos en la estación
y esperar la llegada de los viajantes para ofrecer intercambio
de revistas por una módica cantidad. A veces nos íbamos
a la fonda de Doña Sarita para limpiar aquí o
allá en busca de algunos pesos. Una labor minuciosa era
la que nos llevaba a separar el papel estaño de las cajetillas
de cigarros para venderlo en la botica. Esto conllevaba tener
que encontrar la cajetilla en algún lado, sacar el papel
que llevaba dentro y después con mucha calma separar
el papel celofán de la capa de estaño. Nos pasábamos
tardes completas haciendo esto, pero sacábamos buenos
pesos a cambio. Andando de buscavidas por dos semanas logramos
juntar el dinero suficiente para comprar la red para la portería.
Las redes tendríamos que ir a comprarlas al pueblo de
Palermo. De nuevo en plan de buscavidas, teníamos que
buscarlo en los botes de basura y en el suelo por los boletos
que los viajantes habían tirado y que no habían
sido perforados por el boletero. O viajar sin pagar y asegurándonos
que no se subiera el verificador de boletos, en cuyo caso, tendríamos
que bajarnos en la estación siguiente y esperar por el
próximo tren.
Era
un martes por la mañana cuando por fin pudimos estrenar
la chancha, ya con sus flamantes redes. Recuerdo que hasta limpié
mis zapatos ese día con especial ahínco. Si, esos
mismo zapatos viejos que mi madrecita santa me había
pedido que limpiara en tantas ocasiones. Ella juraba que los
zapatos estaban tan sucios que un día iban a empezar
a caminar solos. Por cierto que el día que los zapatos
desaparecieron, a mí por un momento me entró la
duda de si en verdad habían comenzado a caminar solos
para irse lejos por su propia cuenta, pero después me
di cuenta que mi Mama, harta de los ya multimencionados zapatos,
los había tirado sin avisarme. Me vestí, pues,
con la albiceleste por supuesto, y me dirigí a la cancha.
De aquel primer juego que tuvimos, lo que más recuerdo
fue mi intención de ser la primera persona que anotara
un gol, y sin embargo este terminó anotándolo
El Bicho. Pero que quede bien claro que fui yo el que realizó
toda la jugada, burlando a mas de tres enemigos y al final mandar
un tiro, que en verdad estaba dirigido a la portería,
pero que me salió tan desviado que terminó siendo
un pase perfecto para que aquel lo metiera nomás empujándola
con la izquierda. Hubo otros goles mas, y por supuesto uno mío,
que de ninguna manera es cierto que lo metí con la mano,
como asegura El Bicho en sus memorias. Si existiera un video
de ese partido, se vería claramente como yo paré
la pelota con la parte superior del brazo, casi el hombro, y
no con la mano. Cuando el portero se distrajo gritando que había
sido mano, yo aproveché para lanzar un zurdazo a la esquina
superior derecha, anotando el mejor gol del día. Acto
seguido, comencé a correr para festejar al estilo de
los grandes e ignorando completamente los gritos del equipo
rival que clamaban por la anulación del magnífico
gol. Se armó una discusión enorme. Esto no hizo
mas que confirmar que siempre he sido una persona que, por su
propio talento y estilo, siempre crea controversia. El gol contó,
pues, porque yo dije que contaba y porque me rehusé a
aceptarlo como invalidado a pesar de que ellos decidieron no
contarlo en el marcador. Y es que, digo, el zurdazo que metí
fue tan perfecto y tan bien colocado que el gol debió
de haber contado independientemente de sí me ayudé
tantito con la mano o no. Yo sé que el buen Diego y los
grandes hubieran estado de acuerdo conmigo.
Las
siguientes tres semanas fueron de encuentros futboleros diarios.
Esta frenética actividad futbolera se vio interrumpida
tan solo por la llegada del circo a la ciudad. Eso si que era
un acontecimiento. En definitiva, era lo único que podía
alejarme, momentáneamente del fútbol. Creo que
nunca fui tan niño como cuando estaba en el circo. Había
algo mágico que envolvía todo el peregrinar de
un grupo de personas y animales que deambulaban de ciudad en
ciudad haciendo actos de malabares y de animales salvajes. El
circo, con todo su bullicio y misterio, llegaba al pueblo de
Villa Bosch y lo transformaba completamente.
Con
enorme devoción, como padre ansioso que espera el nacimiento
de su primer bebe, me sentaba a admirar como el circo se armaba
poco a poco. Una trabe aquí, un hoyo allá, unos
mecates enormes por acá, poco a poco se iba conformando
un nuevo mundo que quedaba enclaustrado dentro de una enorme
carpa. Desde ese momento, como tremendo Chapulín Colorado
de aventura, la misión se convertía en encontrar
la manera de poder entrar al circo sin tener que pagar boleto.
Buscavidas. Mis técnicas de entrada incluyeron varias
cosas como: el fingir que mis padres ya estaban adentro y yo
me había quedado atrás; ofrecerme a hacer algún
trabajo con tal de entrar gratis; hacerme pasar como un hijo
extra de la familia que acababa de pasar –en una ocasión
me pegué de la falda de una mujer insistiendo que era
mi mama y no le solté las piernas hasta que ya estábamos
adentro. Pero en este año, el boletero resultó
ser un tipo llamado El Burrito. No creo que así le haya
puesto su mama, pero así es como le decía todo
mundo. El Burrito se empeñaba de manera especial en no
permitirme la entrada, igual creo que no me ayudo en nada el
hecho que un día sin querer le dije: “Pero Burrito,
no seas boludo y dejáme entrar que a vos no te cuesta
nada” Su respuesta fue: “Si querés entrar,
comprá tu boleto, y mi nombre es Adriano, no Burrito.”
Esto me lo dijo tan serio que yo casi le creí eso de
que su nombre no era Burrito. Por fin se me ocurrió una
idea genial. Como ese día era domingo, decidí
llevarme mi radio de transistores y escucharlo cerca del puesto
de boletos. El Burrito, como todo buen argentino, resultó
ser un fiel fan del fútbol, así es que de inmediato
noté como trataba de poner atención a lo que estaba
pasando en el juego. Yo, con toda premeditación, alevosía
y ventaja, bajaba el volumen un poco cada vez que había
una jugada importante. Casi podía ver al pobre del Burrito
tratando de estirar las orejas para tratar de oír lo
que sucedía en el partido sin dejar de recoger los boletos.
Así lo tuve como por unos quince minutos, en que cada
vez que había una jugada de peligro yo decidía
bajar un poco el volumen para que no pudiera escuchar. Mi táctica
dio resultado y lo oí decirme: “Ven para acá,
che, que vos poder pasar si me dejás la radio para escuchar
el partido.” Ya estando adentro me encontré a Nenina,
a quien también le encantaba el circo y quien me contó
que ella se había metido sin problema por un hueco que
había en la reja por detrás del circo.
Tan
pronto como el circo había partido hacia lugares lejanos,
la actividad futbolera regresó en todo su esplendor.
Nos sentíamos los dueños del mundo, y casi lo
éramos al ser dueños de nuestra propia cancha
particular. Controlábamos a quienes queríamos
invitar a jugar y cuando. La mayoría de los jugadores
eran pobladores de la misma Villa Bosch. Todo iba bien hasta
el día en el cual El Bicho, con su tremenda bocota, se
le ocurrió comentar en Villa Urquiza acerca de nuestro
pequeño campo de fútbol. El día siguiente
se apareció un muchacho de aquel pueblo en nuestro campo
queriendo que lo invitáramos a jugar. No recuerdo su
nombre, pero nosotros procedimos inmediatamente a llamarle “El
Patotas” porque el condenado traía unos zapatos
tan viejos y tan llenos de hoyos que se le podían ver
casi todos los dedos de los pies -aun cuando traía los
zapatos puestos (también se podía ver que El Patotas
aparentemente no sabia lo que era un cortaúñas.)
Este acontecimiento que pareció cómico la verdad
es que debió de habernos preocupado. Ya que si uno llegaba
desde Villa Urquiza, ya sea que tuviera unas patotas no, eso
significaba que podían llegar más.
Dicho
y hecho, para finales de esa semana ya estábamos llenos
de Urquizianos queriendo jugar. Después empezaron a llegar
de Saavedra y de Colegialas. Y en menos de dos semanas ya teníamos
personas que venían desde Palermo. Además, los
nuevos jugadores resultaron ser de edades cada vez mayores,
con lo cual bien pronto perdimos el control de la cancha y terminamos
siendo relegados a poder jugar solo cuando los grandes nos dejaran.
Yo estuve dispuesto a tolerar todo eso. Todo con el afán
de poder jugar fútbol en nuestra chancha aunque sea un
poquito. Pero donde si la puerca torció el rabo, fue
cuando me percaté que Nenina había decido dejar
de jugar y ahora solo se dedicaba a ver a los otros muchachos
jugando. Es mas, hasta había cambiado los shorts esos
azules que se ponía siempre para jugar, los cuales por
cierto no sé a que horas lavaba, no porque los trajera
sucios, sino porque parecía como que todos los días
estaban completamente limpios. Nunca comprenderé si se
paraba a las 12 de la noche a lavar y ponerlos a secar o si
de plano tenia 100 pares de los mismos. Ese día en cuestión,
Nenina ya ni siquiera traía los shorts azules sino que
¡estaba usando un vestido! Y para acabarla de amolar,
estaba risa y risa con unos boludos de Palermo que aparte de
estar feos, tenían las piernas más flacas que
las del Bicho. Y miren que una de las teorías de que
porque el bicho se ganó su apodo es la de que le decían
El Bicho porque tenia piernas de zancudo. Así que ya
se imaginaran la flacura de las piernas de los mencionados Palermeños.
Habiendo
perdido control de la cancha, porque ya no nos dejaban jugar
a ninguna hora y era mas bien usada por jóvenes de 15
a 20 años, decidimos hacer algo al respecto. Además
también porque una cosa era que nos quitaran la cancha
y otra muy diferente que nos quitaran las mujeres, pues. El
Bicho y yo nos sentamos a discutir algunas opciones. Sabíamos
que hacer cualquier cosa para afectar la cancha, como destruir
las porterías o cortar las redes, sería resuelto
de manera muy sencilla por los invasores, los cuales seguirían
disfrutando de una cancha en forma gratuita. Yo, como siempre,
di las mejores opciones y las más inteligentes. Sin embargo,
nada se comparaban con la revancha gaucha que fue propuesta
por Nenina, quien bien pronto se olvidó de los Palermeños,
y volvió a sus jeans de siempre. La revancha gaucha era
un plan maquiavélico para terminar con la diversión
de todos aquellos vividores que simplemente llegaron a invadir
nuestro terreno y que no se habían pasado dos meses de
trabajos forzados preparando la cancha. Así pues, con
una malicia que tal vez sorprenda viniendo de unos pibitos ingeniamos
un plan cuyo éxito estaba garantizado.
Nuestro
primer paso fue recorrer las casas por todo Villa Bosch pidiendo
botellas y otros artículos de vidrio. Yo me dediqué,
quizás influenciado ya por mi inicial gusto por las diferentes
tonalidades, en conseguir botellas de vidrio de varios colores.
El Bicho por su parte recogía todo lo que se encontraba
de vidrio sin importarle para nada la combinación de
tonos. La verdad es que siempre fue medio obtuso el pobre. Al
final de dos días ya teníamos mas de 25 botes
llenos de botellas y otros artículos de vidrio. Nenina
a propósito rompió tres platos en su casa a la
hora de la cena con tal de poder usarlos. Su mama no estaba
tan feliz que digamos. Esa noche, con siglillo y con linternas,
nos dirigimos todos: El Bicho, Nenina, Alejandro, Los hermanitos
Goicoechea (quienes de nueva cuenta eran aliados y no enemigos)
y yo, hacia el campo de fútbol para llevar a cabo la
Revancha Gaucha que habíamos planeado. No regresamos
hasta varias horas después, con polvo hasta por dentro
de los calzones pero con unas sonrisas enormes que brillaban
en medio de la noche de luna nueva.
Epilogo
Unos
días después el Doctor Ortega nos comentó
que había llegado a su consultorio un joven de Palermo
que tenia varias cortadas de vidrio en el glúteo derecho.
Aparentemente, este muchacho había estado jugando en
una cancha que había cerca de las vías. Jugaba
de defensa y en una de las primeras jugadas del partido, en
un avance por la derecha, decidió barrerse para detener
al tipo que llevaba la pelota. Tan solo sintió un ardor
tremendo en la parte superior de la pierna. Se levantó
para comprobar que tenia varias heridas de sangre. Dice que
no se dio cuenta que en esa parte de la cancha había
muchos vidrios por debajo de la tierra. El doctor Ortega dice
que en la tarde llegaron otros dos muchachos con historias similares.
Dice que le comentaron que parecía que alguien había
llenado la cancha de millones de pedazos de vidrio roto. Que
además los vidrios estaban tapados un poco con tierra
para que casi no se vieran a primera vista. Que ya no se podía
jugar en la cancha porque era imposible deshacerse de todos
los vidrios. El Doctor Ortega nos dio el reporte final: en tan
solo un día hubo seis heridos, dos pelotas ponchadas,
una cancha destruida... y una revancha gaucha.